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Pido Perdon A Mis Hijos

Hijos míos: Esto es algo que siempre les
quise decir y nunca les dije. Pasaba por mi pensamiento,
pero nunca pude plasmar sobre el papel el mensaje que quería darles,
sin que hubiera lágrimas ni tristeza. Pero hoy alguien lo ha hecho por mí.
Reconozco que de mi pluma nunca podría salir un escrito tan emotivo, con tanto
sentimiento, tan real a mi vida y a la de ustedes. Por eso no quiero ganar méritos
con lo que no me pertenece. Esta carta es de un escritor a quien no tengo el
placer de conocer para darle un apretón de manos, un abrazo y un beso de amigo,
y decirle: “Gracias, hermano: usted ha escrito por mí lo que yo no pude, pero que
siempre quise decirle a mis hijos.” Y –tal vez- lloremos juntos.
Públicamente doy el crédito a este escritor anónimo a la vez que, con todo
mi corazón, lo hago mío y les doy a mis hijos este mensaje que ahora también es mío,
porque es lo que –toda mi vida- he querido decirles.
Con todo el amor que siento por ustedes, este mensaje, para ustedes es:
Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañe porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te grité porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprendí porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfuñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te levanté por el cabello y te empujé violentamente para que fueras a cambiarte de inmediato. Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de mí tímidamente y yo sólo te advertí que no te portaras mal. Por la tarde, cuando regresé a casa después de un día de mucho trabajo, te encontré jugando en el jardín. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te dije que debías cuidar la ropa y los zapatos, que parecía no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de mí te indiqué que caminaras erguido. Más tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba más ese escándalo... y subí a mi cuarto. Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que había exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude. Como podía un padre, después de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido? Luego escuché unos golpecitos en la puerta. \"Adelante\" dije, adivinando que eras tú. Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en el umbral de la habitación. Te miré con seriedad y pregunté: -Te vas a dormir?, ¿..Vienes a despedirte? No contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeños pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cariñosamente. Te abracé y con un nudo en la garganta percibí la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sentí que mi alma se quebrantaba. \"Hasta mañana papito\" me dijiste. ¿..Que es lo que estaba haciendo? ¿..Por qué me desesperaba tan fácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, exigirte como si fueras igual a mi y ciertamente no eras igual. Tu tenías unas cualidades de las que yo carecía: eras legítimo, puro, bueno y sobretodo, sabías demostrar amor. ¿Por qué me costaba tanto trabajo?, ¿.. Por qué tenía el hábito de estar siempre enojado? ¿Que es lo que me estaba ocurriendo? ¡..Yo también fui niño.!. ¿Cuándo fue que comencé a contaminarme? Después de un rato entré a tu habitación y encendí una lámpara con cuidado. Dormías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente húmeda, tu aspecto indefenso, como el de un bebé. Me incliné para rozar con mis labios tu mejilla, respiré tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis lágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te pedí perdón en silencio. Te cubrí cuidadosamente y... salí de la habitación. Si Dios me escucha y te permite vivir muchos años, algún día sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojalá te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo más que a mi vida. Papá.
~~~ Si lloras por haber perdido el Sol, entonces..... no podrás ver las estrellas~~~.
©R.Corts 2002 I-XVIII
Rafael Angel Cortés