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Primer Mandamiento

¡perdóname, Señor,
si esta poesía
la ves como blasfemia
o herejía!
¡De niño tu sagrario he visitado! Mi viejecita, en su instinto maternal me llevaba hasta la puerta de tu altar y el amor hacia ti me había inculcado. ¡De niño me enseñó lo que era bueno y también me enseñó qué era pecado! Me enseñó a amarte, mi Dios; es cierto; inculcaba en mi ser cada momento que el Mandamiento del amor era sagrado. Aún la recuerdo, cuando me decía: ~A tu Dios amarás sobre todas las cosas; sobre el viento, sobre tu padre, sobre mí; sobre el tiempo, sobre la vida, sobre el mar; y sólo a Él servirás! Al hermano honrarás todo momento; mas al Dios que permitió tu vida, a Él solo adorarás, con alma henchida, y ése ha de ser tu !~ Mas la vida transcurre; pasa el tiempo, y, sin notarlo, te arropa con su manto; y al paso de los años vives ¡tanto! que ya no hay para Dios ningún momento. Al recorrer entre las piedras del camino, del amor de una mujer me creí el dueño; y -como todos- viví un tiempo de ensueño, con el que sueña todo peregrino. ¡Qué dulzura, Señor, tuvo aquel tiempo que en sus comienzos, mi Dios, me regalaste! Mas, al final, como castigo, me enseñaste que lo vano es arrastrado por el viento. En mis recuerdos, Señor, tengo momentos que compartiera en mi creado paraíso. ¡La amé con ansias; pero el tiempo quiso que otro Adán la enamorara con acierto! Fue tal mi amor por ella, Padre amado, que olvidé tu Mandamiento totalmente. ¡La amé con rabia, con ternura; locamente! Mas hoy te traigo mi oración, desconsolado! Y aunque una vez llegué a apartarme de tu lado, aquí postrado regresa tu hijo pródigo envuelto en el dolor y en llanto tórrido mi petición, Señor, con humildad te hago. ¡Por eso estoy aquí, mi Dios amado! ¡Eres dueño del mar, del sol, la estrella! ¡Permíteme que pueda amarte a ti... de la manera en que la sigo amando a ella!
©R.Cortés
Rafael Angel Cortés