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Un adiós postrero

Un adiós postrero Ha detenido el zorzal sus aleteos y al revolcarse allí, por la cañada, bebe del agua que una vez ensuciara, y en puras aguas alimenta sus deseos. Cuidó su nido; lo colmó de alpiste; y de algodón de nubes lo llenaba, y aquella noche en que, la luz, ya se ocultaba, la negra parca, sin contemplar, lo embiste. —Pobre zorzal—, recuerdo que dijiste, no volverá a volar en la enramada, ni aleteará en el cielo azul que conociste. Y en su canto final, se escuchó triste, como si fuera su cantar postrero. Y un adiós bañado en lágrimas... le diste. 13 abril 2010
Rafael Angel Cortés